¿Dónde están los dueños de los 200 pares de zapatos?
A mediados de los setenta del siglo XX viajé con mi abuela a la Ciudad de México desde Tepic, Nayarit el lugar donde vivo. Íbamos en ferrocarril, por lo que teníamos el espectáculo del paisaje y el ronroneo del tren para conversar. Al pasar por el pueblo de Tetitlán me dijo: “Aquí quedaron enterrados mis triates”. Había tenido un parto triple durante la revolución, los niños murieron casi al nacer. Ella los recordaba desde la ventana de ese lento tren que nos llevaba a la capital del país.
Me imaginé a tres niñitos dormidos envueltos en sus ropitas de la inocencia. Realmente eran dos niños y una niña. También me contó de los campesinos que quedaron enterrados ahí durante la revolución. A los colgados los bajaban de los árboles para enterrarlos ahí mismo.
Me pregunto cuántos muertos hay en las capas de la tierra: los soldados de la Independencia, los muertos de la revolución, los guerrilleros rurales y urbanos de los cincuenta y sesenta del siglo XX, los muchachos del sesenta y ocho y ahora las y los desaparecidos. Me estoy refiriendo a los que no están en panteones, a los que fueron enterrados en fosas y, por lo tanto, nunca encontrados por sus familiares.
Quizá la diferencia es que todos los nombrados: independentista, revolucionarios, guerrilleros y estudiantes, estaban concientemente en esos escenarios, sea lo que sea que ello signifique; actuaban en lo público querían un cambio: lograr la independencia, hacer la revolución, cambiar al gobierno autoritario, ampliar la democracia; pero los desaparecidos de ahora no querían nada público colectivo, no actuaban bajo ideales de transformación social, solo buscaban trabajo para mejorar ellos y sus familias.
Apenas nos estamos informando de los circuitos de la muerte en que son atrapados los jóvenes que acuden ante una oferta de empleo. Es cierto, puede ser que el rancho Izaguirre no cumpla con los requisitos de hornos crematorios de acuerdo al esquema de los campos de concentración nazi, pero lo que sí es cierto es que ahí iniciaba el exterminio.
Acudían bajo una oferta de empleo a un punto específico de concentración y de ahí eran trasladados a un rancho Izaguirre. Digo un rancho porque seguramente habrá muchos más; habrá versiones en cada territorio adueñado por el crimen organizado. Cada organización criminal tendría su propio campo de reclutamiento y exterminio más pequeño o más grande. De lo que se trataba era de no dejar huella. Los reclutaban en esquemas de secuestro, los entrenaban para la vida criminal y a quienes se consideraba no aptos, los liquidaban. ¿Cómo eliminar las huellas de esas presencias?
Anteriormente se habían registrado actividades similares en Tala, Jalisco; en la Bertolina, Matamoros y en otros más. Se trata de campos de reclutamiento forzado y exterminio. Querían reclutas para sus filas, pero la juventud no siempre está dispuesta a ello. ¿Por qué? Por múltiples razones, desde la condición física que se debe tener para esos menesteres hasta la construcción simbólica de lo que es la vida y la muerte, pasando por consideraciones morales, éticas y religiosas.
Supongo que no es nada fácil adiestrar a alguien para matar, aún cuando se trate de jóvenes entrenados en videojuegos de la violencia. Eso no basta. La educación infantil y juvenil está basada en la vida, en el respeto de la vida, en el disfrute de la vida. Aún cuando niñas, niños y adolescentes se entretengan en juegos violentos basados en destrozar a enemigos monstruosos, soldados de otras galaxias o algoritmos vestidos de personas armadas, de todos modos, esos jóvenes son capaces de distinguir la ficción de la realidad.
La educación primaria, esa base común que nos otorga referentes para ser mexicanos, para vivir en sociedad, para sabernos seres humanos, así como la socialización familiar, las expectativas familiares basadas en el esfuerzo generacional, están en la base de las conductas con que enfrentamos las decisiones en la juventud y la adultez. Quiero pensar que ese sedimento actuó en las decisiones de las y los jóvenes para aceptar o no ser sujetos activos de la criminalidad.
En México, nadie certifica que las ofertas de empleo sean elaboradas por empresas constituidas, por negocios de emprendimiento lícitos. Quizá la única vigilancia es la que se realiza cuando la oferta de trabajo implica llevar a mexicanos a otros países, sin los permisos necesarios. Tal vez, no estoy segura, pero al menos eso sí puede ser constitutivo de sanciones pues se trataría de tráfico de personas.
Acudir a la oferta de un empleo era y es una ruleta rusa. El crimen organizado se basa en uno de los problemas más agudos de México, como es el desempleo juvenil, para reclutar a las y los jóvenes para la industria criminal.
En los ranchos Izaguirre quedan los zapatos, las prendas de ropa, los huesos calcinados. En otros, la desaparición es absoluta puesto que se han afinado los mecanismos de la eliminación de vestigios. Procesos donde lo humano muestra su cara más carroñera, más vil.
Los asesinados no son construidos como otros ni como enemigos, lo cual era la base de los discursos de exterminio nazi. Ni siquiera son considerados inferiores. Eran, solamente, muchachas y muchachos que no pudieron integrarse a la delincuencia, que no quisieron, que tomaron decisiones a costa de su vida.
Imaginando las capas de muertos en fosas no legales, ya no puedo imaginar a los trillizos muertos de la historia de mi abuela. Ella tuvo dieciséis hijos, pero solo sobrevivieron siete para la vida adulta. La calma que veíamos en su rostro derivaba no de los nueve que murieron, sino de que ella sabía dónde los había enterrado. Jesús, María y José, que tal era el nombre de los trillizos quedaron en ese pueblo de Tetitlán; Salvadora en el rancho de Borbollón; Juanito en Tepic y así hasta completar los nueve. Ella podía nombrarlos en su vejez como parte del total de sus hijos. Nunca los excluyó del recuento aún cuando hubieran fallecido al nacer. Yo veía su belleza de mujer vieja al nombrarlos porque no se necesita ser joven ni lozana para ser especialmente bella. Bastaba con conversar un poco con ella para sentir que lo caótico se reducía a algo cierto. La tranquilidad con que nombraba sus amores idos, la perfeccionaba porque los nombraba como nombrar los días que se fueron.
El dolor de las madres buscadoras consiste en que, además de la pérdida, que ya es demasiada, no saben si sus hijas e hijos viven o están muertos. No saben cómo murieron ni dónde están sus restos.
El dolor de las madres atraviesa nuestro país, alcanza a la política y pone en entredicho la democracia.
Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 29 de marzo de 2025.
Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx