lunes, 31 de marzo de 2025

Las capas de la tierra

                                                                             ¿Dónde están los dueños de los 200 pares de zapatos?

A mediados de los setenta del siglo XX viajé con mi abuela a la Ciudad de México desde Tepic, Nayarit el lugar donde vivo. Íbamos en ferrocarril, por lo que teníamos el espectáculo del paisaje y el ronroneo del tren para conversar. Al pasar por el pueblo de Tetitlán me dijo: “Aquí quedaron enterrados mis triates”. Había tenido un parto triple durante la revolución, los niños murieron casi al nacer. Ella los recordaba desde la ventana de ese lento tren que nos llevaba a la capital del país.

 

Me imaginé a tres niñitos dormidos envueltos en sus ropitas de la inocencia. Realmente eran dos niños y una niña. También me contó de los campesinos que quedaron enterrados ahí durante la revolución. A los colgados los bajaban de los árboles para enterrarlos ahí mismo.

 

Me pregunto cuántos muertos hay en las capas de la tierra: los soldados de la Independencia, los muertos de la revolución, los guerrilleros rurales y urbanos de los cincuenta y sesenta del siglo XX, los muchachos del sesenta y ocho y ahora las y los desaparecidos. Me estoy refiriendo a los que no están en panteones, a los que fueron enterrados en fosas y, por lo tanto, nunca encontrados por sus familiares.

 

Quizá la diferencia es que todos los nombrados: independentista, revolucionarios, guerrilleros y estudiantes, estaban concientemente en esos escenarios, sea lo que sea que ello signifique; actuaban en lo público querían un cambio: lograr la independencia, hacer la revolución, cambiar al gobierno autoritario, ampliar la democracia; pero los desaparecidos de ahora no querían nada público colectivo, no actuaban bajo ideales de transformación social, solo buscaban trabajo para mejorar ellos y sus familias.

 

Apenas nos estamos informando de los circuitos de la muerte en que son atrapados los jóvenes que acuden ante una oferta de empleo. Es cierto, puede ser que el rancho Izaguirre no cumpla con los requisitos de hornos crematorios de acuerdo al esquema de los campos de concentración nazi, pero lo que sí es cierto es que ahí iniciaba el exterminio.

 

Acudían bajo una oferta de empleo a un punto específico de concentración y de ahí eran trasladados a un rancho Izaguirre. Digo un rancho porque seguramente habrá muchos más; habrá versiones en cada territorio adueñado por el crimen organizado. Cada organización criminal tendría su propio campo de reclutamiento y exterminio más pequeño o más grande. De lo que se trataba era de no dejar huella. Los reclutaban en esquemas de secuestro, los entrenaban para la vida criminal y a quienes se consideraba no aptos, los liquidaban. ¿Cómo eliminar las huellas de esas presencias?

 

Anteriormente se habían registrado actividades similares en Tala, Jalisco; en la Bertolina, Matamoros y en otros más. Se trata de campos de reclutamiento forzado y exterminio. Querían reclutas para sus filas, pero la juventud no siempre está dispuesta a ello. ¿Por qué? Por múltiples razones, desde la condición física que se debe tener para esos menesteres hasta la construcción simbólica de lo que es la vida y la muerte, pasando por consideraciones morales, éticas y religiosas.

 

Supongo que no es nada fácil adiestrar a alguien para matar, aún cuando se trate de jóvenes entrenados en videojuegos de la violencia. Eso no basta. La educación infantil y juvenil está basada en la vida, en el respeto de la vida, en el disfrute de la vida. Aún cuando niñas, niños y adolescentes se entretengan en juegos violentos basados en destrozar a enemigos monstruosos, soldados de otras galaxias o algoritmos vestidos de personas armadas, de todos modos, esos jóvenes son capaces de distinguir la ficción de la realidad.

 

La educación primaria, esa base común que nos otorga referentes para ser mexicanos, para vivir en sociedad, para sabernos seres humanos, así como la socialización familiar, las expectativas familiares basadas en el esfuerzo generacional, están en la base de las conductas con que enfrentamos las decisiones en la juventud y la adultez. Quiero pensar que ese sedimento actuó en las decisiones de las y los jóvenes para aceptar o no ser sujetos activos de la criminalidad.

 

En México, nadie certifica que las ofertas de empleo sean elaboradas por empresas constituidas, por negocios de emprendimiento lícitos. Quizá la única vigilancia es la que se realiza cuando la oferta de trabajo implica llevar a mexicanos a otros países, sin los permisos necesarios. Tal vez, no estoy segura, pero al menos eso sí puede ser constitutivo de sanciones pues se trataría de tráfico de personas.

 

Acudir a la oferta de un empleo era y es una ruleta rusa. El crimen organizado se basa en uno de los problemas más agudos de México, como es el desempleo juvenil, para reclutar a las y los jóvenes para la industria criminal.

 

En los ranchos Izaguirre quedan los zapatos, las prendas de ropa, los huesos calcinados. En otros, la desaparición es absoluta puesto que se han afinado los mecanismos de la eliminación de vestigios. Procesos donde lo humano muestra su cara más carroñera, más vil.

 

Los asesinados no son construidos como otros ni como enemigos, lo cual era la base de los discursos de exterminio nazi. Ni siquiera son considerados inferiores. Eran, solamente, muchachas y muchachos que no pudieron integrarse a la delincuencia, que no quisieron, que tomaron decisiones a costa de su vida.

 

Imaginando las capas de muertos en fosas no legales, ya no puedo imaginar a los trillizos muertos de la historia de mi abuela. Ella tuvo dieciséis hijos, pero solo sobrevivieron siete para la vida adulta. La calma que veíamos en su rostro derivaba no de los nueve que murieron, sino de que ella sabía dónde los había enterrado. Jesús, María y José, que tal era el nombre de los trillizos quedaron en ese pueblo de Tetitlán; Salvadora en el rancho de Borbollón; Juanito en Tepic y así hasta completar los nueve. Ella podía nombrarlos en su vejez como parte del total de sus hijos. Nunca los excluyó del recuento aún cuando hubieran fallecido al nacer. Yo veía su belleza de mujer vieja al nombrarlos porque no se necesita ser joven ni lozana para ser especialmente bella. Bastaba con conversar un poco con ella para sentir que lo caótico se reducía a algo cierto. La tranquilidad con que nombraba sus amores idos, la perfeccionaba porque los nombraba como nombrar los días que se fueron.

 

El dolor de las madres buscadoras consiste en que, además de la pérdida, que ya es demasiada, no saben si sus hijas e hijos viven o están muertos. No saben cómo murieron ni dónde están sus restos.

 

El dolor de las madres atraviesa nuestro país, alcanza a la política y pone en entredicho la democracia.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 29 de marzo de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

lunes, 24 de marzo de 2025

Los Sacrificados de la Nación

El país está sumergido 

en una inocultable

 crisis humanitaria.

México está de luto

 

Colectivo de familiares buscadores de todo el país

Zócalo, CDMX, 15 marzo

 

No son Siervos de la Nación, son Sacrificados de la Nación.

 

Sacrificios humanos al dios de la política.

 

Sacrificios de jóvenes hombres y mujeres para que el Dios Poder siga engullendo dinero, patrimonio, petróleo, narrativas.

 

Palabras vacías, leyes viciadas, justicia negada.

 

Complicidades de los enriquecidos.

 

Son las propias buscadoras las que levantan la tierra para encontrar los huesos; son las madres, las hermanas, los padres, las esposas las que encuentran los mil vestigios.

 

400 pares de zapatos es la ignominia del genocidio mexicano.

 

Nada sabe el Estado; nada vio la justicia.

 

No es suficiente tener 75% en las cámaras para encontrar soluciones a los problemas del país.

 

Con el 75% se instala el monólogo; se habla al espejo.

 

Mientras, los criminales ensayan su lógica del exterminio, la desaparición masiva de cuerpos jóvenes.

 

¿Qué daño hacían los muchachos que buscaban trabajo? ¿Qué mal les podrían causar las jóvenes en busca de mejores niveles de vida?

 

Para los sacrificados por la Patria no hay estado ni iglesia ni partido. Ninguna política pudo incorporarlos a la educación superior; ningún programa los capacitó para el trabajo, ningún promocional les facilitó una vida. Ningún dios los proveyó.

 

Los políticos los contaron como votos, pero eran seres humanos;

 

Los criminales los engañaron con ofertas de trabajo.

 

Hoy los cuentan como faltantes.

 

No están desaparecidos, fueron asesinados.

 

El Estado de la impunidad y la corrupción rindió los territorios a los criminales.

 

La juventud dejó de ser el bono demográfico, la promesa del futuro. Fueron los desechables, los prescindibles.

 

Los campos de exterminio no tenían como destinatarios los enemigos de los grupos. Eran mexicanos eliminando mexicanos precarizados.

 

Aniquilan a la juventud ¿y a quién le importa?

 

No a los políticos voraces.

 

Les importan a las madres, a los padres, a las esposas. Es desde la vida privada que se buscan. Son las Antígonas modernas, las madres Ceres en busca de Proserpina que baja al Hades para rescatar a su hija. Es la Llorona mexicana en busca de sus hijos.

 

Buscan con varilla, con zozobra, con palas, con esperanza.

 

Buscan con las uñas y encuentran tesoros,

Un arete, una zapatilla, la camiseta conocida, los tenis que recuerdan.

 

Hoy los rostros de los muchachos y muchachas desaparecidos son las banderas.

Nos miran desde ese mirar oscuro, de campana lejana, de raíz.

No son carbones enterrados; son cristales traspasando la tierra.

Nos miran desde sus ojos puros.

¿Y, nosotras, cómo podremos verlos?

 

En 1982 vi las fotos de los prisioneros en el campo de concentración de Buchenwald de la Alemania nazi . Rostros de muchachos anónimos quedaron colgados de paredes mientras las huellas de su exterminio  aparecían como puñado de ceniza.

 

Nos estremecimos con esos horrores. Era becaria de Conacyt terminando el doctorado y sabía que para mi generación, pugnar por la democratización en México era la manera de blindar la sociedad en contra de crímenes contra la humanidad.

 

Hoy el horror está en México, ninguna modernidad nos eximió del crimen.

 

Hoy el dolor individual se transforma en un dolor colectivo, porque nos duelen estos hijos de otras, estas hermanas de otras.

 

400 no regresarán.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 22 de marzo de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

lunes, 17 de marzo de 2025

A la memoria de Irán Bojórquez

 Para Ana y sus hijas

 ¿Cuándo empezamos a estimar a una persona de tal manera que su muerte nos arroja a ese espacio de dolor donde nos sabemos frágiles, rompibles, fracturables?

 

Conocí a Irán a principios de los noventa cuando lo aceptaron para estudiar la maestría en la UNAM, ya que me pidió vivir en un departamento que yo había comprado en la Ciudad de México cuando cursé mis propios posgrados. Así que durante la maestría y el doctorado estuvimos frecuentándonos más allá de las relaciones que se desarrollan en la convivencia de la Coordinación de Investigación Científica de la Universidad Autónoma de Nayarit, donde ambos trabajábamos.

 

Supe que, en su infancia, tenía que caminar cerca de siete kilómetros diarios para asistir a la escuela secundaria porque en donde vivía, solo se cursaba primaria. Era su historia personal, similar a la gran cantidad de jóvenes que salían de localidades rurales para buscar una mejor vida.

 

En navidades, llegaba con chocolates para mis hijas.

 

Lo vi crecer. Había llegado de Mocorito, Sinaloa con toda la ilusión de convertirse en profesional. Su incursión en la edafología a partir de sus estudios de posgrado, lo convirtieron en pionero en esta área dentro de la UAN. Fue un estudiante brillante ya que le otorgaron la medalla Gabino Barreda por mejor promedio de su generación en el posgrado.

 

A su regreso a la UAN, Irán se convirtió en Coordinador de Investigación Científica, con la característica de que inició un movimiento para convertir una dependencia administrativa en una instancia académica. Estábamos en la reforma propuesta por el rector Javier Castellón que pretendía academizar a la UAN, una institución sumamente politizada.

 

Irán tuvo la capacidad de convocarnos a todas y todos los investigadores con la finalidad de formar un solo grupo de trabajo. Empezamos a trabajar proyectos interdisciplinarios, pero lo más importante, fue escucharnos unos a otros, en un espacio de trabajo donde el aislacionismo entre los grupos era lo que privaba.

 

A través de estas reuniones valoramos los estudios y las metodologías de quienes realizaban preguntas diferentes a las nuestras y así, nos acercamos para entender, científicamente, las distintas problemáticas que abordábamos. La unión que hoy existe entre los investigadores e investigadoras se debe a ese esfuerzo.

 

Gracias a sus gestiones y a su capacidad de convocatoria y mediación, la Coordinación de Investigación Científica, dejó de ser una dependencia administrativa, para convertirse en el Centro Multidisciplinario de Investigaciones Científicas (CEMIC), por lo que estaba facultado para impartir educación de posgrado. Era un reconocimiento a la madurez de la investigación en la UAN ya que este modelo permitiría desarrollar la investigación científica en un centro académico para dejar de ser una actividad marginal dentro de una instancia administrativa. Irán fue el primer director.

 

En ese lapso se había casado y empezaba a formar su familia de destino. Además, apoyaba a familiares que venían de Sinaloa a estudiar a la UAN; creaba redes que les permitieron a otros jóvenes, fraguar su destino.

 

El CEMIC y el proyecto de interdisciplinariedad desaparecieron en estas decisiones dislocadas de la política universitaria donde a la investigación se le otorgaba un valor cosmético, por lo que Irán se fue a la Escuela de Agricultura a seguir sus trabajos de investigación. Fue un profesor destacado, con méritos académicos y apreciado por sus colegas.

 

Después fue asesor de tesis de maestría de una de mis hijas. No era “su doctor”, como dicen los estudiantes; era Irán, una persona en la cercanía con quien se construía conocimiento. Ya no era el regalo de navidad, sino el regalo del saber.

 

Sé que al final de su vida tuvo problemas con el alcoholismo y seguramente, otras desazones, pero yo no soy juez de nadie.  El aprecio es una dimensión más allá de rodearnos de persona correctas y triunfadoras. El aprecio entra en una parte de nuestra vida, se apropia de recovecos de nuestro corazón, por lo que, aunque cada quien siga en espacios distintos, el aprecio queda como sedimento, como anteojos a través de los que nos vemos. Se abre a la calidad humana del otro.

 

Porque a las personas las empezamos a apreciar en sus propias circunstancias. Algo de cada quien se queda en nosotros; por eso quienes hemos sido compañeros durante muchos años en la universidad, o en otro trabajo, nos moldeamos unos a otros. Sus historias se pegan en nuestra piel, sus atardeceres marcan los nuestros.

 

Así aprecié a Irán y a su familia. Vi sus ilusiones de joven, la madurez del investigador, la seguridad del esposo, la satisfacción del padre y, recientemente, platicamos de las expectativas para retirarse de la universidad.

 

Lo recuerdo como el joven que salió de su pueblo rural para encauzar sus pasos a la universidad como forma de habitar la vida.

 

Mis hijas aprendieron a quererlo.

 

Así transcurrió el aprecio con que lo vi todo este tiempo. Así apareció este dolor por su muerte repentina.

sábado, 15 de marzo de 2025

Una se vuelve feminista por su propia historia y la de las otras


Una se vuelve feminista 

por su propia historia

 

Pancarta en el 8M25

 

Con la facilidad de contarnos nuestras historias, en el transcurso de un viaje, las compañeras de asiento empezamos a hablar de nuestras hijas e hijos, de las infancias, de los amores, de las comidas; en síntesis, de los mundos de las mujeres. Cuando hicimos la pregunta de cuántas hijas e hijos tenemos cada una, la señora del asiento de al lado dijo: `Yo tenía tres, ahora solo tengo dos; a una de mis hijas la mató su novio´.

Supimos, entonces, del dolor de esta madre por la hija asesinada, del dolor del padre por la hija asesinada, del dolor de la hermana por la hermana asesinada, del dolor de la sobrina, por la tía asesinada, del dolor de la hija por la madre asesinada. El dolor se fue apropiando de todos los integrantes de la familia, de todos los rincones que ella pobló, de todos los tiempos donde estuvo. Supimos el desquiciamiento de la familia ante el horror del asesinato.

 

Dolor que se prolonga hacia el pasado en búsqueda de huellas que permitieran adivinar el desenlace funesto. Dolor que persiste en el futuro puesto que se marca la ausencia de lo que ya no será.

 

En la plaza pública, el 8 de marzo, muchachas jóvenes protestan por los feminicidios. Madres que han sido privadas de sus hijos a través de violencia vicaria, protestan por haber sido despojadas de su hijas e hijos. Madres de hijas e hijos secuestrados reclaman el regreso de quienes se llevaron vivos. Mujeres indígenas, gritan las ignominias de que son objeto en nombre del progreso o de la costumbre.

 

Mujeres jóvenes, niñas o viejas gritan, deliran ante una sociedad de la sinrazón.

 

El 8 de marzo deberíamos celebrar el avance de las mujeres después de 50 años de la Primera Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en México en 1975, pero no podemos, el dolor se apropia de las calles para mostrar las ausencias de las asesinadas.

 

En Tepic reclamamos, a golpe de tambor, los asesinatos feminicidas de 125 mujeres. Cada una fue coreada en su nombre y apellido. Coreamos también a 15 mujeres sin nombre que fueron encontradas muertas; a dos niñas sin nombre encontradas muertas.

 

Sentimos que el dolor se apropia de la plaza, de las vallas de catedral donde fueron colgadas las consignas. El dolor es un espacio ancho que inunda la ciudad; llega a los cielos; tiñe las nubes y alcanza a la vendedora de dulces y a sus nietas; a la mujer que atraviesa el río; a la estudiante que se dirige a la escuela, a la funcionaria que sube escaleras.

 

No hay mundo capaz de albergar las historias que sangran.

 

En la concentración en la plaza, una joven me dijo “siento el pecho oprimido”. No era ella quien denunciaba feminicidios ni despojos; era una alguien que se solidarizaba con el dolor de otras. Porque en este espejeo las mujeres estamos juntas. Hoy son ellas, mañana tal vez seamos nosotras.

 

Las activistas están delante porque ellas han roto las barreras de la conformidad. Nos enseñan a ser transgresoras, a denunciar los pactos patriarcales, a marchar por las calles como si nos pertenecieran. Nos han enseñado a no tener miedo. Nos han devuelto la dignidad de protestar por lo que nos toca. Anuncian la esperanza de una vida sin miedos.

 

Aquí están tocando los tambores, gritando las consignas, haciendo comunidad.

 

Porque en la marcha feminista hacemos comunidad. Somos las mujeres encontrándonos con otras; con todas las que quisieron venir y las que pudieron llegar. A todas las mujeres desde sus edades de más de setenta años o doce o catorce; las que vinieron en sillas de ruedas, las muchas que se pueden sentar en el piso; las que ofrecen agua a las más sedientas, las que dan palabras de alivio.

 

¿Que pintan los edificios? ¿que destruyen los cristales? ¿que no son formas de protestar? ¿Y cuáles son las formas? ¿Las denuncias que no se atienden? ¿Las protestas que se minimizan? ¿utilizar el derecho patriarcal para seguir en la misma desigualdad? ¿el olvido a las cuales se envían las inconformidades?

 

Todavía nos queda la esperanza de cambiar en multitud. De transformar siendo colectivas. Porque solamente rehaciendo la comunalidad donde importamos, tendremos derecho a lo social.

 

Cuelgan las demandas en las barreras destinadas a proteger la catedral; los dioses no alcanzan a mirarnos desde sus ojos de piedra.

 

Alguna prende una veladora delante de la fotografía de quien fue asesinada; otra deja una flor como ofrenda; otra más realiza curaciones con plantas y sahumerios.

 

Mientras, las muchachas toman el micrófono para nombrar a las ausentes, para gritarlas, para poblar el aire de enojo, de ira. Gritan poemas para que regresen, para verlas de nuevo entre nosotras. Entonces, el alma se reconforta en las palabras de la multitud; en el coro que nos devuelve las invocaciones.

 

Son las diosas terrenas las que nos escuchan, las que nos acarician el alma con las batucadas, las que aplican bálsamos de protesta en las heridas.

 

Yo escribo:

 

Hay un dolor que se mete a mi corazón cuando escucho a la mujer de al lado hablarme de su hija asesinada;

hay muchos dolores que se enredan en mis ojos cuando hablan las mujeres en la plaza;

dolores que me rompen desde dentro, que me fracturan desde las fotografías de las ausentes.

Es este dolor de las mujeres

de cuando matan a quien amas y se pierde el rumbo,

olvidas el color del mar,

el número doce lo dices equivocado.

 

No sabes regresar a casa

No sabes decir las palabras de la intimidad

 


Las letras de los libros saltan; las voces de los juicios se amontonan,

se vuelven polvo.

Lo vertical se vuelve horizontal; lo amarillo, gris.

 

Mendigo el sol, imploro el sueño.

 

Aquí tengo un corazón obsceno que sigue latiendo

cuando he sido agrietada por el dolor de las mujeres madres, de las mujeres todas.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 15 de marzo de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

miércoles, 5 de marzo de 2025

Marchas feministas y el sujeto político nosotras


En México el feminismo incomoda más 

que los feminicidios

 

Pancarta en el 8 de marzo

 

El sujeto social y político del feminismo somos las mujeres. Eso ha quedado claro a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Las marchas feministas alrededor del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, han sido momentos donde las mujeres nos reconocemos en una sola voz con múltiples demandas.

 

Las marchas toman las calles para nombrar las relaciones de dominación que atraviesan a las mujeres en la sociedad patriarcal. Han roto el silencio en que se tenía a las mujeres; ese griterío establece las premisas fundamentales de la lucha de las mujeres: visibiliza las brechas de género y, sobre todo, construye un nosotras que antes no existía.

 

Las marchas también muestran el enojo ante las complicidades de los hombres para mantener el sistema de privilegios; no obstante, las denuncias sobre ello, los avances de los derechos humanos y las exigencias de justicia.

 

Las marchas construyen un sujeto colectivo desde pequeñas localidades hasta las metrópolis globalizadas. El griterío de las mujeres atraviesa el mundo a través de las redes sociales, de las plazas pintadas de violeta, de las pancartas con que cada una lleva una consigna.

 

Es cierto, las marchas nos han puesto de pie ante un sistema que nos definía como separadas unas de las otras, enfrentadas, enemigas, rivales. A través de la acción colectiva hemos sido capaces de elaborar agendas feministas, de exigirlas, de llevarlas a cabo. A través del reconocimiento de nosotras como el nuevo sujeto político de las sociedades democráticas, hemos avanzado para cambiar las condiciones en que estamos.

 

Las marchas abren el momento histórico del reconocimiento. Ahí estamos las feministas que empezamos en el siglo pasado y las jóvenes que reclaman derecho, igualdad, vidas libres de violencia, acceso a la justicia y dejar de ser vistas como cuerpos apropiables. Ahí están las académicas, las cineastas, las trabajadoras, las políticas, las artistas: todas en medio de la exigencia de otra forma de vivir, de participar en la vida pública, pero también, de relacionarnos y de construir maternidades y conyugalidades no sacrificiales.

 

Las protestas feministas se instalan en el no; en el alto a lo que existe para que pueda dar lugar a nuevas formas de relaciones. Aunque son marchas que dicen lo que no queremos las mujeres, realmente son formas de afirmar la vida de otras maneras: imaginar otros mundos y caminar hacia ellos.

 

 Las marchas abren el momento de la rebelión, pero no tendrían efecto si se agotan en sí mismas. A partir de las protestas masivas se han abierto líneas de escritura, de documentación sobre injusticias y desigualdades, tanto del yo individual como del nosotras colectivo. El yo de las mujeres individuales y colectivas está en la literatura y en la historia, la antropología, el cine. Está en la voz de las mujeres científicas.

 

Aquí aparecen las mujeres como sujetas en contextos específicos, con historias precisas. No se trata solo de enunciar demandas generales o globales en las marchas; se trata de ponerle cara, nombre y apellido a las diversas situaciones de violencia e injusticia en que se vive; determinar las brechas de género; enunciar los déficits de políticas de igualdad; revelar las dificultades para acceder a la justicia.

 

Un ejemplo de ello es la revelación de la generalidad del acoso como una verdad silenciada referida a la estructura de las relaciones de poder. Porque el acoso contra las mujeres ha sido una actitud permitida, solapada y celebrada entre los hombres en las universidades, en la cultura, en el cine, en las empresas, en el deporte, en la política, en las iglesias.

 

La revelación del acoso como una práctica de hombres depredadores ha hecho caer el hálito de prestigio de los hombres con poder porque son conductas develadas como abuso sexual. La supuesta cortesía del caballero que permitía seducir a las jóvenes, se ha revelado como violación.

 

Ha sido necesaria la insurrección de las mujeres a través de las marchas, del movimiento colectivo para vislumbrar otro lugar para las mujeres; el reconocimiento de su voz como legítima; de sus deseos como existentes y válidos. Para que empecemos a documentar el lugar de subordinación, opresión y falta de poder en que estamos y, sobre todo, encontrar un lenguaje propio en el cual enunciemos los mundos que queremos.

 

Leeré el poema titulado Huelga, de Gioconda Belli, poeta nicaragüense de 1948:

 

Quiero una huelga donde vayamos todos.

Una huelga de brazos, de piernas, de cabellos,

una huelga naciendo en cada cuerpo.


Quiero una huelga

de obreros                  de palomas

de choferes                 de flores

de técnicos                 de niños

de médicos                 de mujeres


Quiero una huelga grande,

que hasta al amor alcance.

 

Una huelga donde todo se detenga,

el reloj            las fábricas

el plantel         los colegios

el bus              los hospitales

la carretera    los puertos


Una huelga de ojos, de manos y de besos.

Una donde respirar no sea permitido,

una huelga donde nazca el silencio

para oír los pasos del tirano que se marcha.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 8 de marzo de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

Las cínicas y la tierra extraña

Tú me quieres alga,

Me quieres de espumas,

Me quieres de nácar.

Que sea azucena

Sobre todas, casta.

De perfume tenue,

Corola cerrada.

 

Alfonsina Storni

 

¿A dónde van las cínicas? a tierras extrañas lejos de las noches de temor y de terror. Las cínicas no tienen compromiso con el viejo piso moral que las reduce a vientres fecundables, a cuerpos violables, a inteligencias domesticables.

 

Las cínicas se apartan del binomio en que están encerradas en el dominio patriarcal: buena-mala, pasiva-violenta, nuera-suegra, sumisa-desvergonzada, cotidiana-exótica, dulce-maligna, subordinada-fiera, para subvertir ese lugar y convertirlo en la tierra extraña de nuevos amaneceres.

 

Las cínicas reconocen que los varones no están dispuestos a actuar bajo los códigos morales que ellos mismos han asignado a las mujeres. Entonces, ellas tampoco están dispuestas a cumplir ningún código que ellos no se autoimpongan. Como dice Alfonsina Storni: ¿Tú me quieres blanca? ¿tú me quieres alba? Vete a la montaña, límpiate la boca. Toca con las manos la tierra mojada.

 

El piso moral que las cínicas fracturan es el que reconoce al hombre como el dios que ilumina la historia, la literatura, la política, donde las mujeres son inferiorizadas, depositadas en el subsuelo de la ciudadanía, en la cueva del amamantamiento presocial.

 

Las cínicas tiran la supremacía masculina a la vergüenza de la historia; desnudan la ética racional para mostrarla como misoginia.

 

Gritan las cínicas, ladran. No razonan en el logo del amo porque ahí el lenguaje es trampa para volver a someterlas. El lenguaje es una prisión circular cuyos andamiajes conducen a pensar en los mismos caminos de la razón androcéntrica. El discurso que el hombre se da a sí mismo lo posiciona como el ser racional y todo lo demás, mujeres, animales, naturaleza le son subordinados.

 

Por eso el grito antes del logo. Por eso el murmullo antes que la palabra.

 

La cínicas no reconocen al hombre como cultura ni a las mujeres como naturaleza. Es solo el ilusionismo de la supremacía, las trampas de la razón las que convierten inferiores a las mujeres.

 

Las cínicas no quieren ser una idea que el hombre ha construido para la existencia de sí mismo. No son las idénticas ni las intercambiables; no son un rol ni las repetidoras de sus apellidos. No son la satisfacción de sus fantasías y deseos.

 

Las cínicas repudian el romanticismo según el cual las mujeres son sensibles y espirituales, por lo que deben seguir siendo esposas y madres y abonar con su ternura el mundo.

 

Las cínicas no reconocen un destino por nacimiento: ni heroína, ni monja, ni hija, ni supermadre; ni mujer fatal ni ángel de la casa,  ni exótica o recatada; ni ninguna categoría que nos digan qué somos.

 

Las cínicas no quieren ser como las hormigas, que al final de la cópula pierden las alas.

 

Las cínicas son irreverentes, locas, rotas, feas para los códigos de la belleza normada. Se despojan de las religiones, de los códigos civiles y de la moral que se han tatuado sobre sus cuerpos. No quieren ser medias naranjas, ni naranjas completas. No quieren ser damas para ningún caballero ni doncellas para ningún enamorado. No quieren ser Julietas ni Penélopes, ni musas ni brujas; ni flores ni vírgenes coronadas.

 

Quieren las tierras extrañas, las tierras libres para otra manera de ser. Quieren levantarse de las esclavitudes en que están, liberarse de las tutelas permanentes, cómo dice la poeta Maya Angelou, en el poema Y aún así me levanto:

 

Tú puedes escribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aventarme al fango
y aún así, como el polvo… me levantaré.

¿Mi descaro te molesta?
¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque camino
como si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa…

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,
así… yo me levantaré.

¿Me quieres ver destrozada?
¿Cabeza agachada y ojos bajos?
Hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levantaré.

¿Mi sensualidad te molesta?
¿Surge como una sorpresa
que yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando

me extiendo sobre la marea.

Dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza de la esclava.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 1 de marzo de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx

 

sábado, 22 de febrero de 2025

Leer a escritoras es un acto político

Bajo un cielo extraño

sombra rosas
sombra
sobre una tierra extraña
entre rosas y sombra
dentro de un agua extraña
mi sombra

 

Ingeborg Bachman

 

Leernos, entre mujeres, es un acto de voluntad, de decisión; es un acto político. Durante toda la historia de la literatura el canon señalaba que la literatura era escrita por hombres, porque la literatura se pensó como universal, neutra y asexuada. Cualquier colección de obras literarias clásicas da cuenta de esa mirada. Dentro de este canon, la literatura de las mujeres fue considerada menor por su particularidad. El presupuesto en que se funda esta valoración es que el hombre, cuando escribe, porta una mirada universal, en cambio las mujeres sólo pueden escribir desde la particularidad de la identidad de ser mujeres.

 

El estilo directo y conciso, la escritura sin sentimentalismos se han asociado a la forma de escribir masculinas, lo que a su vez, se ha considerado características de la escritura universal. La voz universal supuestamente portada por el varón demostró ser una particularidad, una falsa universalidad. Era, precisamente, la mirada del varón que se autodefinía como el portador de lo universal.

 

La literatura, al igual que otras esferas del arte, reproduce las desigualdades de acceso de mujeres lo que contribuye a la percepción social de diferencias de hombres y mujeres, por lo que la producción del texto literario debe abordarse como un espacio de disputa entre ambos sexos.

 

Las mujeres vienen de actos milenarios de contar, por eso Las Mil y una Noches es  ejemplo de las mujeres contadoras de historias. Sherezada se convirtió en la narradora por excelencia al tejer historias donde lo mismo ocurría la pérdida del reino que el encantamiento de los amantes o el hallazgo de los tesoros.

 

Leer literatura de mujeres es un acto político porque estamos inundadas de literatura masculina mostrada como canon. Entonces, tenemos que hurgar en los márgenes para encontrar la literatura escrita por ellas que ha sido llevada a segundo plano. Ler a las mujeres nos permite redescubrir otros mundos, otras maneras de estar. Aquí solo quiero destacar los textos de escritoras como Cristina Rivera Garza en su producción poética, con el poema “Escribir”:

 

Hay lugares a los que es necesario ir sola.

Todo estorba en el camino —las uvas, el afecto, el subjuntivo, la lluvia, la conversación, el yo, el silencio, inclusive los libros.

Uno nunca sabe cuándo exactamente se inicia el trayecto o hacia donde se dirigirá. Uno solo sabe a dónde iba en el momento de llegar.

Luego es cuestión de estar.

Luego es cuestiona de estar, inclusive y fundamentalmente sin uno mismo…

 

También leernos las escritoras de las localidades pequeñas, aquellas que no estarán en las grandes editoriales, pero que tienen una voz para narrar. La siguiente es de la poeta Pilar Acosta de Acaponeta, Nayarit:

 

Nací mujer

Asumo que nací mujer

como lo aprendí de mis ancestros;

agua mansa, sombra etérea,

llanto de lluvia, caricia de viento.

sí, nací mujer

flor de cristal, opaca luciérnaga,

aura sumisa, montaña silenciosa,

árbol que soporta tormentas.

Pero en el camina del tiempo

no pude sostener el decreto de luna sobre mi espalda,

me cansé de tener alas de ángel

alas de polvo de mariposa blanca,

me cansé de vivir en la afonía de una jaula,

de soportar hirientes espinas en mi garganta,

de trenzar mi llanto de pelo negro

y silenciar mi voz al florecer el alba.

Aprendí a musitar entre piedras

en el sombrío destello de mi voz interna

sequé el río que inundaba mis ojos

que los mantenía en infinita ceguera.

 

Y un hálito de voz salió,

frágil, temblorosa en el miedo a las propias palabras

aprendí a gritar con voz de hoguera

a encender mi canto junto a sombras silenciadas;

en iluminado fuego encontré

miles de voces en la mía reflejada,

voces de mujeres que vivieron

por largo tiempo mudas bajo el agua.

Hoy mi voz es fulgor que el cielo alcanza;

sí, asumo que soy mujer;

¡Una mujer que no calla!

 

En este breve alegato de la necesidad de leer escritura de mujeres, un párrafo de Elena Garro, en la prosa poética de “Los Recuerdos del Porvenir”

 

“¿De dónde llegan las fechas y a dónde van? Viajan un año entero y con la precisión de una saeta se clavan en el día señalado, nos muestran un pasado, presente en el espacio, nos deslumbran y se apagan. Se levantan puntuales de un tiempo invisible y en un instante recuperamos el fragmento de un gesto, la torre de una ciudad olvidada, las frases de los héroes disecadas en los libros o el asombro de la mañana del bautizo cuando nos dieron nombre.

Basta decir la magia de una cifra para entrar en un espacio inmediato que habíamos olvidado”.

 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, 22 de febrero de 2025.

Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: lpacheco@uan.edu.mx